Un día de sol donde siempre llueve

Blog de Luis Reguero

Raúl del Pozo: “De las urnas del 20-D puede salir un cocodrilo”

El columnista Raúl Del Pozo ha creído siempre que la noticia estaba en el bar. O en los cafés donde se refugiaban en España “la inteligencia y la libertad para hablar, conspirar, para orinar y para recitar”. Para Del Pozo el oficio de periodista no se aprende en la universidad sino en las esquinas, en los aeropuertos, en las trincheras y en los garitos. En el ruido de la calle.

Recuerda su infancia como una película de John Ford. Los perros con pinchos ladrando a diez grado bajo cero. El ganado moviéndose entre nubes de polvo por la vereda de la Mesta. Los maquis que le regalaban latas de sardinas. La caminata con su hermano Jesús hacia la escuela. Conoció a González Ruano en el Café Colón de Cuenca. Desde entonces lo imitó “hasta en la manera de escupir”. Entrevistó a Ava Gardner. Habló un momento con Sartre mientras esperaba el ascensor en un hotel de Madrid y luego lo siguió embobado hasta el restaurante. Estuvo en Cabo Kennedy y vio a los astronautas salir hacia la luna. Ha sido corresponsal en Buenos Aires, Moscú, Londres, Lisboa y Roma. Ha escrito novelas. Crónicas parlamentarias desde el foso de los leones. Ha asistido a la transformación total del periodismo desde aquellas redacciones con aliento a ginebra hasta las de hoy, con olor a café y pitido de Whatsapp. Ha conseguido los premios Mariano de Cavia, el Cuco Cerecedo, el González Ruano, el Jaime de Foxá y ahora el Manuel Alcántara por toda su trayectoria profesional, un galardón que recibirá hoy 10 de noviembre en el Rectorado de la Universidad de Málaga.

“Este premio, que ha tenido un jurado de categoría, me ha llegado después de mucho tiempo y en unos momentos difíciles para la profesión”, dice Del Pozo (La Torre, Mariana, 1936)  durante esta entrevista, que se celebró hace unas semanas en el Hotel Villa Magna de Madrid. Para el autor de A bambi no le gustan los miércoles, Manuel Alcántara ha utilizado la columna “para ilustrar, para fascinar, para informar, para hacer a la gente mejor. Es un hombre lleno de talento, de humildad y de solidaridad humana”, al tiempo que añade: “Tener tantos años una columna en un periódico sólo lo puede conseguir un genio y, encima, lo ha hecho sin desplancharse el pantalón. Además con ella ha hecho el bien. No la ha empleado para herir, machacar o pegar pedradas en los ojos”.

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Raúl del Pozo durante la entrevista.

Tras la muerte de Francisco Umbral, en el verano de 2007, Del Pozo pasó a ocupar, de lunes a viernes, su columna en la contraportada de El Mundo, a la que titularía El ruido de la calle. “Umbral fue quien inventó el lenguaje de nuestra generación. El que le dio literatura a la transición. El que en cierta manera inventó la movida. El que elevó el castellano a una altura sólo comparable con Valle-Inclán o con el barroco”.

Según Del Pozo, el columnismo no está resuelto todavía en el mundo digital,  “donde los columnistas son hoy actores de segunda, no son protagonistas como ocurre en el papel que agoniza”, a la vez que piensa que España está asistiendo a una Edad de Oro de la columna. “Hay cuatro o cinco columnistas muy buenos de los que no diré sus nombres para no herir a los demás. Arturo Pérez Reverte nos congrega a ellos y a mí. Quedamos para hablar de nuestras cosas”.

En cuarenta días habrá Elecciones Generales en España (20-D), unos comicios que se presentan inciertos como consecuencia de los nuevos elementos políticos que han entrado en juego. “De las urnas puede salir un cocodrilo. Son unas elecciones intempestivas y turbulentas. Está la incógnita de Ciudadanos y Podemos. O si el PP, un partido con una fuerte implantación en Europa y una hegemonía excepcional, puede perder las elecciones. Todo está en el aire, no en la rodilla de los Dioses sino en la mano de los electores, aunque no sabemos qué”.

Esquilar a un león

En La Rana Mágica, libro que publicó en 2006, Del Pozo escribe que ya Platón había descubierto que la corrupción estaba cerca del poder y que encontrar a servidores honestos era más difícil que esquilar a un león. Sobre los asuntos de corrupción que se han vivido en España durante los últimos años, el columnista deEl Mundo señala: “La corrupción de Puyol, de Bárcenas, de Rato y de los ERE de Andalucía no tienen precedentes en la moderna Europa. Hemos dejado como aficionados a los mafiosos. Mientras nosotros estábamos haciendo nuestras vidas nos estaban robando con sacos. No he visto jamás tal desfachatez. Resulta que la mayoría de los padres de la patria eran unos ladrones. Hubo corrupción muy fuerte en Italia pero la española ha sido extrema”.

Del Pozo ha escrito de todo y de todos. Memorables son aquellosDesnudos que escribía en plena canígula de agosto, cuando se iba de vacaciones Umbral. Allí quedaron los perfiles de Rodríguez Zapatero, “un funámbulo que está bailando sobre un precipicio”; de Gallardón, “aficionado al paracaidismo y eso cuadra mal con su espíritu perverso”; de Sabina, “el trovador no doblado, bohemio e irónico, andaluz exagerado que cuando no exagera miente”; o Del Bosque, “un hombre de la casa, ogro bueno, bigotudo, sargento en misiones de general”.

Antes de pederse entre la lluvia fina que cae sobre el otoño de la Castellana, Raúl del Pozo termina recordando de nuevo a Alcántara: “Quiero seguir emulándole, seguir la estela de este extraordinario ser humano que continúa todos los días tomándose su gin tonic y mirando al mar de los dioses de reojo”.

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Félix Fénéon, tuitero invisible

Aspiraba al silencio. A ocultar de capas de sombras su enigmática figura. A impregnar de invisibilidad todo lo que tuviera que ver con su nombre. Con su abrumadora biografía: la patria nostálgica de la niñez; el vórtice indomable de la adolescencia; la líquida juventud. Era como si no tuviera recuerdos de infancia. Como si hubiera llegado sin pasado a la batahola imparable del tiempo. Los ojos impasibles, de piedra. Los pómulos huesudos. La fina perilla de chivo tierno, que años después heredaría, más poblada, el oulipiano George Perec.

Félix Fénéon (1861-1944), tuitero de papel, segundón olvidado de lujo, crítico de arte, descubridor de promesas artísticas y literarias (como Seurat, fundador del neoimpresionismo), activo anarquista, traductor al francés de Joyce (años después, en 1922, la librera de Shakespeare & Company, Sylvia Beach, publicaría en París el Ulises), dejó rastros de su inteligencia y de la precisión y concisión de su estilo por los lugares que anduvo: el Ministerio de Guerra, y los periódicos de noticias parisinos o revistas culturales que dirigió, editó o impulsó como es el caso de La Libre Revue, la Revue blanche (contaba con Debussy o André Gide entre sus colaboradores), la Revue indépendante, La Vogue

Sí, Fénéon fue un tipo peculiar, raro como la escritora Edith Sitwell, discreto como Joseph Joubert. Escribió novelas negras de tres líneas, noticias de tres renglones en la página tres del periódico Le Matin, en la que abordaba temas de sucesos, asesinatos, suicidios, accidentes de tren, tranvía o automóvil…y todo desde el anonimato o colocando como firma sus propias iniciales, sin exceso alguno, sin palabras de más, sin sobrepasar, ni por asomo, la delgada línea de los 140 caracteres, y todo ello con un humor exquisito.

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Ilustración de J. M. Castillo.

“Anticipan la velocidad de la sincopada estética futurista. Fénéon tenía poco espacio para contar esos hechos, así que prescindió de todo lo que no fuera esencial. Pero, además, se vio obligado a ir reflejando las novedades que la técnica iba aportando a la vida cotidiana”, dice el escritor Antonio Jiménez Morato, que se encarga de la introducción del libro Novelas en tres líneas, editado por Impedimenta en 2011, y que recoge estos textos breves publicados en su día por Fénéon.

Otra manera de contar

Allí el periodista y crítico de arte, que nació en Turín, escribe con absoluto ingenio sobre lo que pasa en la vida del París de principios de siglo.

De este modo, ofrece detalles sobre accidentes en la ciudad: “Atropellado de nuevo por un tranvía, que acababa de lanzarlo a diez metros, el herbolario Jean Désille, vecino de Vanves, resultó cortado en dos”; acerca de detenciones: “Joël Guilbert, detenido en Saint-Germain por marcharse de un bar sin abonar su consumición, bebió sublimado corrosivo. Se le desintoxicó, pero ayer moría de delírium trémens”; sobre despidos: “Despedido el martes por su patrón, el chico de trece años Godillot, vecino de Bagnolet, no se atrevió a regresar a su domicilio. Vuelve, muchacho: tu familia te espera”; de política: “Dieciocho de los diecinueve concejales del ayuntamiento de Tournus (Saona y Loira) consideran que el sueldo de los parlamentarios es excesivo, mientras que el suyo es insuficiente”; sin olvidar, además, los asesinatos: “La viuda de Jules Morel, de setenta y dos años, rentista en Arnas (Ródano), ha sido estrangulada. Estaba durmiendo cuando fue tratada de esta guisa” o “Abandonada por Delorce, Cécile Ward rechaza acogerlo de nuevo, salvo en matrimonio. Él la apuñala, puesto que esta condición le había parecido escandalosa”; los desaparecidos: “Un bisutero del distrito 3º (nombre desconocido) y su mujer estaban pescando en barca en Mezy. Ella se cayó. Él se tiró detrás de ellas. Desaparecidos”; o unos simples cítricos: “Unas naranjas (doscientos sesenta mil kilos) están esperando en los andenes de la estación de Cerbére a que los agentes y los descargadores se pongan de acuerdo”.

Nada escapa a la mirada excepcional, singular y afilada de Félix Fénéon que, durante un año, va a escribir estas nouvelle, término que no sólo se traduce como novelas cortas, sino también como noticias.

Postales de Perec

Décadas después, la escritura de inventario de otro extravagante, el francés George Perec, recordará a menudo al autor de Impressionistes, un libro que apareció en 1886, que Fénéon sí firmó y del que sólo se publicaron varias decenas de ejemplares.

Cuando se lee las Doscientas cuarenta y tres postales de colores auténticos de Perec, que dedicó a Italo Calvino y que está incluido en su obra Lo infraordinario (Editorial Impedimenta), se percibe también el arte literario de la brevedad, aunque no llevan la carga de tragedia de las nouvelles: “Aquí estamos en Lavandou. Es precioso. Comemos muy bien. Me he hecho muchos amigos. Volvemos el 25”; “Estamos en el hotel des Dunes. Sesiones largas de bronceado. Estamos bien. Todas las noches bailamos Jerk en una discoteca abarrotada. ¡Mil recuerdos para los que se han quedado en París!”; “Estamos explorando Oléron. Esto es encantador. Grandes paseos a caballo. ¡Lástima que nos tengamos que volver en 3 días!”.

Esta concisión, este arte de la enumeración, se encuentra también en su obra Me acuerdo (Editorial Berenice): “Yo me acuerdo de Robert Mitchum diciendo “Children…” en el film de Charles Laughton The night of the hunte”; “Yo me acuerdo de que mi tío tenía un 11CV matrícula 7070 RL2”; “Yo me acuerdo de un queso llamado “La vaca seria” (“La vaca que ríe” demandó y ganó).

Mercurio en la oficina

Feneón consiguió muy joven una plaza en el Ministerio de Guerra que le obligó a trasladarse a París. Pero lo que verdaderamente determinó su biografía fue la acusación que cayó sobre él como responsable de un atentado ocurrido el 4 de abril de 1894 contra el lujoso restaurante Foyot, cerca del Senado parisino, donde estalló una bomba en una maceta de geranios, y en el que no se contabilizó ningún muerto, aunque sí un herido.

En su oficina se encontró mercurio, sustancia con la que presuntamente se había confeccionado el artefacto. Estuvo en la cárcel de manera preventiva. Compareció en el Proceso de los Treinta y finalmente fue absuelto por falta de pruebas.

Fénéon, dandy del silencio. Escritor casi sin obra. Olvidado inolvidable. Pionero de lo breve. Sublime. Exacto. Breve. Eterno.

Antonio Lucas: “Picasso era un insaciable que masticaba todo lo que ‘almacenaba’ en su jurisdicción emocional”

Una metáfora de Antonio Lucas te abriga todo un invierno. Llega, se arrellana en tu vida y arde a tu lado como una fogata. Su lenguaje proviene de un lugar bello e imposible que ves dibujarse a lo lejos desde una ventana. Cada palabra lleva en la boca un destello suave que reverbera en el mar liso. Cada frase tuerce las verdades. Centrifuga las dudas. Te deja descalzo por los versos y te abre un pasadizo entre las sombras.

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Vidas de Santos publicado por la editorial Círculo de Tiza.

Su sintaxis es una fiesta. De ella sale una música que anega de ideas la hoja del periódico, que es el verdadero poema según Whitman. Por los poros de su escritura salen versos que se te quedan fijados en la cabeza como el paisaje de un cuadro de Hockney. Antonio Lucas (Madrid, 1975) ha dejado en su nuevo libro, Vidas de Santos (Editorial Círculo de Tiza), un luminoso rastro de promesas quebradas, de vidas revueltas, de heterodoxas ignífugas. Escritores que se dan prisa por morir, cantantes y actrices frágiles como un cristal, rebeldes alérgicos a la metadona del aplauso, pintoras absorbidas por genios insaciables, “un compendio de vidas y hechos de santos de la bohemia, damas echadas a perder, mártires, locos, putas, poetas malditos, cineastas, músicos, actores”, como escribe Raúl del Pozo, que prologa la obra.

Su anterior libro, Los desengaños (Colección Visor de Poesía), con el que ganó en 2013 el Premio Loewe, dejó versos memorables para tatuárselos en las palmas de las manos: ser joven es hacerse viejo más despacio (…); la pobreza del amor cuando el amor se cumple (…); yo me invento a llantos y tampoco sé quien soy (…);desamueblar el fuego, recomponer tu nombre clandestino (…); porque el hombre sólo aprende a ser lo que ya ha sido (…). Este columnista de ecos umbralianos, este periodista y poeta pone verbo a la endiablada precocidad de Rimbaud, a la genealogía lunática de Ian Curtis, a la belleza imponderable de Françoise Dorléac, a la libertad enigmática de Gala o a la rebeldía punk de Sánchez Ferlosio, por citar sólo algunas grandezas, algunos de los perfiles de esta imponente selección que Lucas ha ido publicando en El Mundo a lo largo de su intensa trayectoria profesional.

A los 15 años Rimbaud escribía poemas en latín y John Keats ya traducía la Eneida. Incluso antes, a los 13 años, Crisóstomo de Arriaga componía su primera ópera. ¡Qué precocidad tan deslumbrante!

Eso parece. Hay seres que nacen con la urgencia de quien sospecha que saldrá antes de este tinglado. Sospecho que para ellos la velocidad es una condición de resistencia: hay que decir algo y decirlo rápido. Estos prematuros luminosos crearon en pocos años los que otros no podríamos hacer en varias vidas. De ahí su esplendor y su extrañeza.

En su libro encontramos escritores, artistas, fotógrafos, músicos o cineastas que viven intensamente en el alambre, que tienen una adolescencia de excesos, que dan la espalda a cualquier convencionalismo o vida cotidiana y mueren jóvenes. ¿Cuál es el milagro de estos santos, de estos hombres y mujeres excepcionales?

Su primer milagro fue existir. Y después, soportar tanto desastre sucesivo generando a la vez un asombro en lo que hicieron. Son seres llagados (suicidas, homosexuales en momentos de incomprensión, toxicómanos, alcohólicos o todo a la vez), hombres y mujeres dispuestos a no dejarse convencer por aquello que no fueran sus obsesiones, sus demonios, sus abismos. A algunos de ellos los pienso como si los rezara.

¿Lo importante, como decía Alejandra Pizarnik, es aquello que hacemos con nuestras desgracias?

No lo tengo tan claro, con las rachas de entusiasmo también se pueden hacer buenos artefactos.

Precisamente en la parte del libro titulada Heterodoxas encontramos perfiles de Pizarnik y también de Anne Sexton, dos de las tres poetas suicidas más conocidas de la literatura, la otra es Sylvia Plath, a la que también hace referencia. ¿A veces ni la literatura es suficiente para frenar la desesperación de un poeta roto?

La literatura puede ser balsámica, salvadora, lenitiva, pero no tiene por costumbre ser milagrosa. Hay infiernos que no dejan alternativa.

El suicidio cruza toda esta obra y a veces es consecuencia del desamor, como en el caso de Chusé Izuel. Estas tragedias dejan buenos libros como el de su amigo Félix Romeo. ¡Qué desgarro hay en las frases en las que Romeo se culpa de la muerte de su amigo!

Son las de un amigo que se duele. Hace tiempo que leí Amarillo y no recuerdo con exactitud las frases. Pero ese libro es una expiación, una carta de amor, un “noteolvido, compadre”, un te echo de menos, terriblemente.

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Antonio Lucas dice que la literatura puede ser balsámica, salvadora pero no tiene por costumbre ser milagrosa.

Algunos artistas convirtieron a sus amantes en el epicentro de su creación como es el caso de Dora Maar, que es fagocitada por Picasso, del que se acaba de cumplir el 134 aniversario de su nacimiento. Como bien dices, ¿nadie sale ileso del caos espiritual de haber amado tan ferozmente el fuego?

Los mejores amores son aquellos en los que uno supo quemarse a lo bonzo y salir después a la calle a contarlo. En el caso de Dora Maar, su encuentro con Picasso fue tan fastuoso como demoledor. Picasso era un hijo de puta insaciable que masticaba todo aquello que ‘almacenaba’ en su jurisdicción emocional. Es un ser incalculable, un tipo sin par. Respecto al caos espiritual, todos lo gozamos en alguna o varias ocasiones. Y a veces creo que no venimos del agua, sino del fuego. Como los ‘santos’ reunidos en este libro.

Encontramos entre estas reseñas, entre estas “biografías urgentes” como señala Raúl del Pozo en el prólogo, a artistas sin obra como Jacques Vaché, un autor francés que escribió solo quince cartas. ¿Qué genialidad la de estos bartlebys?

En el caso de Vaché, la genialidad se la asestó la leyenda que alrededor de él construyó André Breton. Hay seres de obra escasa (o incluso sin obra) que tuvieron el talento feroz de hacer de sus propias biografías la obra de arte perfecta. Los ‘bartlebys’ no necesitan dejar más rastro que el recuerdo de ellos crepitando en la memoria de los otros, como tahúres de una eternidad siempre a punto de zozobrar.

Late también en el corazón de este libro el París de los años 20, de aquella Generación perdida formada por Hemingway, Scott Fitzgerald…¿Qué hubiera sido de la literatura y del de Joyce sin la figura de Sylvia Beach y ese santuario parisino de Shakespeare & Company?

Sylvia Beach es una de las santas más santas de este libro. Soportar a James Joyce, Ezra Pound, Henry Miller, Scott Fitzgerald o Hemingway (algunas veces a todos a la vez) nos lleva a creer que se trataba exactamente de un hada. En aquel galpón que fue su librería tomó contorno una de las tribus de escritores más luminosas del siglo XX. No es poco.

Hablábamos antes de la precocidad de algunos de estos artistas, pero también hay otros comienzan a publicar mucho más tarde, como es el caso de Agota Kristof, que lo hizo ya con 51 años. Una voz tardía pero fundamental para la literatura…

No sé si podemos decir de Agota Kristof que sea una voz fundamental para la literatura. De esos hay muy pocos. Lo que no dudo es de que se trata de una escritora de las que tuvieron que remontar su propia biografía para hacer aquello que más deseaba: escribir. Y siempre tiene interés, por su el frío de su escritura, por la calentura de su asco. Es una de esas mujeres silenciosas, casi ocultas, casi furtivas que si no hicieron la Historia, al menos ayudaron a completarla.

En Vidas revueltas, la última parte del libro, hace un retrato sobre una serie de artistas que crean pero que luego pasan a un segundo plano y no quieren ser protagonistas de nada, como es el caso de Manuel Álvarez Ortega, Sánchez Ferlosio o Isidoro Valcárcel ¿A veces la ausencia radical reafirma al autor y a su obra?

La ausencia radical afirma, al menos, un temperamento propenso a viajar en dirección contraria. En el caso de los creadores que citas no se da tanto una condición de ausencia como de escasa visibilidad muy bien asimilada. No necesitan el foco de la fama, les vale con el flexo del prestigio.

Hay grandes anécdotas en el libro, como la mirada de Sofía Loren al escote de Jane Mansfield, de la que incluso hoy se sigue escribiendo…

Bueno, son algunos de esos momentos excelentes que sirven para levantar un artículo o una cena.

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Los desengaños, publicado por Colección Visor de Poesía, con el que Lucas ganó el Premio Fundación Loewe.

Antes de ‘Vidas de santos’, conseguiste el Premio Loewe con ‘Los desengaños’. Leemos, entre tus versos: El mundo es un casino turbio. ¿La poesía lo aclara?

La poesía lo alumbra.

La columna literaria está viviendo hoy un fuerte impulso gracias a periodistas como Gistau, Jabois, Bustos, Tallón o usted mismo. ¿Estamos asistiendo a una especie de edad de oro del columnismo en España?

Lo de las edades de oro es un sintagma peligroso. Quizá tan sólo se trate de la coincidencia de un grupo de tipos entusiasmados con escribir en los periódicos que tienen la fortuna de asistir a un momento tan singular como siniestro de la historia reciente de su país. Eso da columnistas. Y a veces columnas estupendas. Lo mejor es que el periodismo literario mantiene pulso y fuerza. Yo sí creo que el periodismo es también un género de la literatura donde se maneja la verdad como el único dios verdadero.

Publicado en culturamas.es

Jacques Vaché, suicida sin obra

No escribir nada. O solo un puñado de cartas, la mayoría enviadas desde la guerra. Desde las entrañas y el cuarto oscuro de la Primera Guerra Mundial. Una correspondencia tan breve como una postdata. Apenas quince cartas escritas bajo una lluvia de proyectiles barométricos y obuses que gritan sobre el horror del mundo. Misivas inflamadas de un delirio que ciega y tritura la razón como carne recién picada.

Aparte de eso nada. Ni diarios. Ni libros. Ni artículos en prensa. Y sin embargo este exiguo material epistolar es más que suficiente para que el nombre de Jacques Vaché (Lorient, 1895-Nantes, 1919) haya quedado ligado a la literatura como el escritor que inspiró el surrealismo e influyó decididamente en André Breton, que aglutinó algunas de estas misivas en un libro póstumo que llevaría por título Cartas de guerra (1919).

Diez de estas cartas y algunos dibujos están dirigidos al propio Breton. Cuatro a su epígono Theodore Fraenkel y una a Louis Aragon. Son textos divertidos, extraños, locos, reveladores, como si no lo estuviera pasando del todo mal. «Vaché fue un escritor en tiempos de guerra, no un guerrero escritor. Hacer la guerra es una actividad a priori exclusiva. Los únicos pasatiempos son las técnicas de supervivencia. Las cartas de guerra son, por lo tanto, mensajes desde ese lugar donde la literatura no puede escribirse, donde le está prohibido prosperar», dice Jean-Yves Jouannais en un libro titulado Artistas sin obra. I would prefer not to” (1997).

Precisamente, Ricardo Piglia había señalado, muchos antes, en su obra Respiración artificial (1980), que la correspondencia era un género perverso, puesto que necesitaba la distancia y la ausencia para prosperar y que solamente en las novelas epistolares, la gente se escribía estando cerca, incluso viviendo bajo el mismo techo se mandaban cartas en lugar de conversar, algo que nos recuerda a la vida de hoy, donde por decirlo al modo de Henry David Thoreau, otro excéntrico ejemplar, «los hombres se han convertido en las herramientas de sus herramientas», puesto que avanzamos por el filo del mundo con la cara iluminada por la pantalla de un móvil y olvidamos la proximidad de la palabra, en un continuo vuelo vitriólico hacia el vacío de nosotros mismos.

Ser un escritor casi sin obra es el colmo de la excentricidad. Vaché es un joven extraño, herido de guerra en una pierna, que conoce a Breton en un hospital de Nantes en 1915. «Vaché es surrealista en mí», dice André en su Manifiesto.

Pero aclaremos: Vaché es un excéntrico al contrario que Breton. Su obra, su estilo o su final trágico lo convierten en un escritor de lo excéntrico como Sterne, Gombrowiz, Monterroso o Roussel. Sí, inspira el surrealismo, pero no forma parte de ningún grupo, no lleva la vida de un vanguardista.

Un excéntrico, siguiendo la teoría del escritor mexicano Sergio Pitol, es lo contrario a un vanguardista. Según el autor de El arte de la fuga, los excéntricos están dispersos en el universo casi siempre sin siquiera conocerse y escriben de forma instintiva. «Su mundo es único y de ahí que la forma y el tema sean diferentes. Las vanguardias tienden a ser ásperas, severas, moralistas; pueden proclamar el desorden, pero al mismo tiempo convierten ese desorden en algo programático. Les encantan los juicios; son fiscales», dice en el artículo titulado Los excéntricos son diferentes a los vanguardistas.

Vaché ha fascinado desde siempre a otros escritores. El barcelonés Enrique Vila-Matas recuerda el aire fresco que supuso, en la década de los años 70, la aparición en España de las cartas de Vaché, cuando ciudades como Barcelona eran, para el autor de Marienbad Électrique, un lugar monótono, gris, necesitado de buenas noticias, de grandes alegrías.

De personajes como Vaché está repleto el universo vilamatiano. Si uno se detiene en una de las obras clave en la incesante producción del escritor, como es Historia abreviada de la literatura portátil (1985), si uno se para a disfrutar de ese libro ligero y portátil como la maleta-escritorio con la que Paul Morand recorría en trenes de lujo la iluminada Europa nocturna, encontrará a otros Vaché, como Jacques Rigaut, artista sin apenas mucha obra, también suicida, que dejó para la literatura su Agencia general del suicidio, donde ofrecía a los clientes diferentes tarifas: veneno a 100 francos, inmersión a 50 francos, muerte perfumada a 500, ahorcamiento a 5, con un suplemento de 20 francos por metro de soga…

Rigaut se quitará la vida con un disparo en el corazón mientras que Jacques Vaché reservará habitación a comienzos de 1919 en el Hotel de France y se suicidará tomando opio con otros amigos.

En Vida de Santos (Editorial Círculo de Tiza), libro de semblanzas y perfiles publicado esta misma semana por el periodista Antonio Lucas, se describe así el final del escritor francés: «La pipa de fumar, junto a la cama. En la mesilla, cigarrillos egipcios. Un cuchillo con rastros de droga. Un bote vacío. Se zampó 40 gramos de opio en un solo asalto psiconáutico. Moriré cuando quiera morir…Pero entonces moriré con alguien. Morir solo es demasiado aburrido. Y preferentemente con alguno de mis mejores amigos, escribió».

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Ilustración de José Miguel Castillo.

Tenía solo 23 años y forma parte de la larga nómina de escritores y artistas que no escribieron casi nada y que eligieron la puerta de atrás del suicidio para salir del mundo. Sus cartas y su vida breve fueron su única y verdadera obra de arte.

Muere terriblemente joven este Vaché, que con tan solo 16 años había fundado una revista, donde proclamaba su libertad, la bandera de su independencia, su forma de pasar por el alambre incierto de los días. Sí, vive rápido y deja un cadáver exquisito, malogrando su enorme talento, como pasa con todos esos escritores que precipitaron su marcha, que se dieron prisa por morir, eligiendo todos los métodos que tenían a su alcance: una ventana, cianuro, barbitúricos, piedras en los bolsillos, medias de seda, una bolsa de plástico, las vías de un tren, el gas de un horno, el tubo de escape de un coche o un disparo atronador?

Vaché sigue deslumbrando cien años después. Su estela no se apaga sino que sigue rasgando con fuerza el cielo de la literatura. Y todo por un puñado de exquisitas cartas. ¡Bendita excentridad!

Publicado en la Opinión de Málaga

 (http://www.laopiniondemalaga.es/cultura-espectaculos/2015/10/24/jacques-vache-suicida-obra/803991.html)

Tallón: “A la literatura se juega en las azoteas, con el abismo a un lado y la salvación al otro”

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“Vivir es tirarse al vacío todos los días”, dice Tallón.

En una página de Tallón te puedes quedar a vivir. O al menos pasar una larga temporada viendo llover mientras frotas sus frases entre las manos. Lo que tocas en un libro de Tallón no es la epidermis de una voz sino de un estilo que saca las palabras de sus goznes, de sus moldes pesados como planchas de hierro y las coloca a la intemperie en la noche abierta e imposible, donde chocan como planetas. Allí ya adquieren una nueva esencia. Una cierta comodidad incómoda que escala tu vida como un 8.000 y te desnuda de golpe como un verso en la pizarra oceánica de Alejandra Pizarnik.

Un libro de Juan Tallón (Vilardevós, Ourense, 1975) te ayuda a caminar por la luz submarina de un lunes. Es un aliciente para salir de la cama un día de fiesta e ir a trabajar, que es siempre como adentrarse en un sótano oscuro donde tropiezas con la calamidad, el hastío, donde tu libertad es siempre un gato de ojos amarillos que huye. En la escritura del autor de Libros peligrosos o El váter de Onetti hay tanto ingenio literario que después de cualquier punto y seguido hay que salir al balcón a respirar o a escuchar ladrar un rato al perro tuerto del vecino. Luego vuelves, cinco minutos o veinte años después, como Wakefield, saludas a tu madre como si nada y sigues descorchando párrafos como botellas de champán, o destapando tuits como el último del pasado jueves, cuando se hizo público el nombre de la nueva Premio Nobel de Literatura: “Svetlana Alexievich no existe; se la inventó Enrique Vila-Matas”.

Tallón acaba de publicar Fin de poema (Editorial Alrevés), la edición en español de un libro que apareció en 2013 escrito en gallego. En esta novela, con portada de Amarillo indio, donde una fila de personas como usted y como yo se arroja al vacío un día lumínico cualquiera, encontramos dos de los tres temas de los que hablaba Augusto Monterroso: amor y muerte, mientras que el tercero, las moscas, las encontramos revoloteando en su blog (descartemoselrevolver.com), donde tiene una detallada biografía del pose nervioso de estos inextinguibles dípteros sobre las hojas de la buena literatura.

Fin de poema es un buen lugar donde detenerse a escuchar el silencio entre vasos largos de ginebra. Es un buen sitio para ver salir los pájaros grises de los ojos de cuatro poetas (Pavese, Pizarnik, Sexton y Ferrater) que viven de frente, que exploran el abismo cada noche y que duermen, si es que acaso duermen, abrazados a la almohada de la soledad, mientras oyen fuera trastear al suicidio como si viniera a robarles. Fin de poema es lo nuevo y lo viejo de Tallón, un lector incansable, un exquisito observador de lo que pasa cuando no pasa nada y un escritor que escribe, con todo el humor y la ironía a su alcance, para saber que escribiría si escribiera.

¿Qué sería de la literatura sin un buen bar que casi no cierre, una mala botella de ginebra, un par de manicomios silenciosos y un montón de suicidas?

Sería un motor oxidado que chirriaría con encanto. A la literatura se juega en las azoteas, con el abismo a un lado y la salvación al otro. La zona de interés es justamente el medio. Las frases deben caminar por la cuerda floja.

¿No es Fin de poema la constatación de que las palabras incluso al final también nos abandonan?

Sí. Pasa que a veces la palabra es todo lo que mantiene a algunos poetas interesados en su vida. Sin pierden la poesía, digamos, dejan de hacer pie y el sentido se borra. Ese es el instante que quiero narrar en Fin de poema, que funciona como una caja negra en el que quede registrado el momento justo en el que se abre una grieta personal y el poeta se precipita por ella, después de un proceso lento de descomposición.

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Fin de poema (Editorial Alrevés), con dibujo de Amarillo Indio (@amarilloindio).

En El oficio de vivir hay un momento en el que Cesare Pavese escribe: “Ha empezado la cadencia del sufrimiento”. ¿No cree que, entre Pavese, Pizarnik, Sexton y Ferrater, Cesare es el poeta que más sufre, el que línea a línea desprende más angustia?

Los cuatro convirtieron su suicidio en la obra de toda una vida, presagiada con muchos años de antelación. En algún caso, fue moldeada a través de su literatura lentamente, hasta que no se pudo alargar más la espera.

“No me entregues, / tristísima medianoche, / al impuro mediodía blanco”, escribe Pizarnik. ¿Qué papel juega la noche en el proceso creativo, en la inventiva de un poeta, de un escritor?

El papel del silencio y la soledad, que a veces funcionan como un refugio. Lo que no evita que el silencio y la soledad, incluso la oscuridad, puedan encontrarse también a mediodía. Cada poeta entiende la noche a su manera.

Anne Sexton y Sylvia Plath. Sylvia Plath y Anne Sexton. Amigas. Suicidas al final por separado. ¿Qué cree que les lleva a jugar tanto con la muerte?

En realidad jugaron con la vida, y se les rompió. La desesperación las había empujado hasta ese punto en el que todos los días tenían un pensamiento para su muerte. Empujaron tanto hacia su lado, que simplemente un día cayeron, casi de un modo natural. Sólo fue un gesto, un tic, pues tenían el hábito de morir un poco cada día.

Ferrater renuncia en 1963 a escribir. En eso se parece a decenas de escritores que un buen día guardaron silencio para siempre. ¿Cree que hoy se escribe mucho sin tener nada que decir?

La banalización en la que estamos metidos lo empapa todo, también la literatura. Pero si tengo que ser sincero, diré que no me parece preocupante. Nada nos obliga a leer porquerías, y a poco que se eduque el criterio, se detecta enseguida dónde está la porquería y dónde no.

En un libro como Fin de poema donde se maneja tanto alcohol, era imposible que no estuviera por ahí John Cheever, legendario bebedor…

La literatura de cada escritor está hecha con la literatura de los otros escritores, a los que a lo largo de su vida ha ido saqueando con buenos modales, hasta ese punto que casi no se nota. Pero todos sabemos de dónde venimos.

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Libros peligrosos (Larousse), la anterior obra de Juan Tallón.

¿Incluso también hay suicidas que no saben suicidarse, como Raymond Chandler?

Chandler lo hacía todo tan bien, que hasta supo suicidarse mal y seguir escribiendo.

Encontramos también a otros poetas a lo largo de la obra. Entre ellos destaca Jaime Gil de Biedma que dice que las actividades cotidianas le vienen muy bien a un poema. Pero y a las novelas, ¿qué es lo que mejor les viene?

Yo diría que a cualquier género literario le viene bien que su autor no lleve una vida de escritor. Aunque, si me permite contradecirme rápido, un escritor es alguien que escribe todo el tiempo, en especial cuando no escribe, así que no puede llevar vida de otra cosa que no sea escritor. Está acorralado. Haga lo que haga, aunque sólo sea un huevo frito, es un escritor.

El dibujo de Amarillo Indio en la cubierta de este libro es una novela visual breve. Un auténtico ladrillazo en la cabeza que te remueve la conciencia. ¿Vivir es tirarse al vacío?

Vivir es tirarse al vacío todos los días, lo que implica que también es levantarse del vacío, sacudirse los pantalones, y continuar tu camino hasta que te vas a la cama, y al día siguiente repites otra aventura en el abismo.

En los últimos meses han fallecido grandes escritores: James Salter, Oliver Sacks, E.L. Doctorow y ahora a Henning Mankell. Algunos de ellos se han agarrado a la literatura hasta el último momento. Han abordado con palabras lo que sentían y lo que se les avecinaba. ¿Qué hemos perdido con sus muertes?

En términos literarios, la posibilidad de que escribiesen otra gran obra.

Fin de poema está dedicado a Michel Lafon, que murió en 2014. En su libro A pregunta perfecta, Lafon se convierte en personaje. ¿Cómo le influyó este escritor francés, autor de Una vida de Pierre Menard?

Lafon me enseñó que hay que escribir con claridad, y a la vez con misterio. Naturalmente, yo todavía no la he aprendido del todo. Tal vez nunca se aprende. De hecho, cada vez que acabas un libro tienes otra vez que aprender a escribir desde cero.

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“Chandler lo hacía todo tan bien, que hasta supo suicidarse mal y seguir escribiendo”, afirma el escritor gallego.

El fútbol también aparece en Fin de poema, cuando habla del accidente de avión del Gran Torino donde jugaban Mazzola y Loik. En su obra Manual de fútbol. Un libro fuera de juego, hay historias antológicas, incluso que no tienen que ver con el fútbol, como cuando en una retransmisión durante la visita de Juan Pablo II a España, un periodista dice: “En estos momentos, el Santo Padre coge el incienso, lo menea, se da la vuelta y comienza a incinerar a la multitud”. ¿Qué grande, no?

El periodismo siempre da lo mejor de sí mismo cuando no promete un milagro.

¿Para qué sirve una prórroga?

Para alargar el anochecer y pedir un último deseo antes de que no se cumpla, seguramente.

¿Y una mudanza?

Para empezar de cero, que es una de las experiencias más felices y trágicas que existen.

¿Hace muchas listas?

Siempre. A veces. Una vez. Nunca.

Pase lo que pase, decía Joyce, lo correcto es largarse. ¿Es buen momento?

Y sin decir adiós.

Publicado en culturamas.es

 

Luis Reguero. Publicado en culturamas.es

Los bartlebys no se acaban nunca

cubierta nueva edicioìnFue el verano en que murió Fogwill. Mi hermana me regaló Bartleby y compañía.  Acababa de dejar mi trabajo. No era ni mucho menos lo que yo esperaba. Y encima no pagaban bien. Bueno, lo de  siempre. La cuestión es que cuando recibí el libro lo miré con extrañeza. No sabía nada de los bartlebys, ni que tomaran su nombre de un oficinista inventado por Melville. Ni había oído nunca hablar de un escritor llamado Enrique Vila-Matas. La ignorancia tampoco se acaba nunca.

Hay libros que te dejan un enorme cráter en la cabeza. Un agujero del que no para de fluir una lava intertextual fingida y real que se dispara, como un tapiz, en todas las direcciones posibles. En su avance, esa intertextualidad, como estética lúdica propia del postmodernismo, te abre nuevos caminos literarios de exploración, que discurren por galerías interconectadas y que confluyen en un universo de múltiples entradas a las que sólo puede accederse por los intersticios entre lo ficcional y la facticidad de la no ficción.

En su tesis doctoral El universo literario de Enrique Vila-Matas, Cristina Oñoro se hace una pregunta que ya formularan Gilles Deleuze y Féliz Guattari en Kafka. Por una literatura menor con respecto al escritor checo: “¿Cómo entrar en la obra de Vila-Matas?”. Y es cierto que cabe cuestionarse: ¿por qué pasadizo es mejor acceder a ese rizoma vilamatiano, a esa poética cuya originalidad se basa en la asimilación de otras voces y donde asistimos no sólo a una constante voladura de las fronteras de los géneros o a un pronunciado distanciamiento y crítica de los convencionalismos narrativos, sino que también contemplamos una aproximación a la verdad a través del estatuto de la autoficción y a una arremetida humorística e irónica contra el realismo impuesto y el sinsentido que asola el mundo?

cubierta antigua edicioìnYo accedí a la arriesgada, excéntrica y fascinante inventiva vilamatiana a través de la puerta de Bartleby y compañía, de la que se han cumplido este año tres lustros  desde su publicación. Este diario, que es al mismo tiempo un cuaderno de 86 notas al pie de página de un texto invisible, inicia un nuevo ciclo en la producción literaria del autor, donde se centra en las relaciones entre el silencio y la escritura, y al que, en los años siguientes, incorpora otras dos obras: El mal de Montano (2002) y Doctor Pasavento (2005).

Cuando cae en tus manos un libro así te destroza cualquier posible certeza que pudieras haber tenido sobre qué es la escritura. ¿Quién te creías tú qué eras antes de presenciar ese baile de escritores en los que habita una profunda negación del mundo? Son escritores que dejan de escribir o, como matiza Vila-Matas en su web (www.enriquevilamatas.com), son, en verdad escritores que viven y dejan de vivir. Así, el autor barcelonés va explorando, a través del oficinista Marcelo, las diferentes causas –“¿Existe un motivo esencial por el que se deba dejar de escribir?”, se pregunta- por la que estos escritores guardaron un día silencio, pasaron a ser ágrafos trágicos.

Así descubrimos entre ellos a Robert Walser, “que sabía que escribir que no se puede escribir, también es escribir”; a Rimbaud, “que tras publicar su segundo libro, a los diecinueve años, lo abandonó todo y se dedicó a la aventura, hasta su muerte, dos décadas después; a Rulfo, que decía que había dejado de escribir porque “se me murió el tío Celerino, que era el que me contaba las historias”; a Salinger, “un nombre imprescindible en cualquier aproximación a la historia del arte del no”; o a Kafka, “escritor, que por culpa de Goethe, se siente invadido por una total parálisis de escritura y se pasa el día mirando fijamente sus dedos, presa del síndrome de Bartleby”. En esta larga nómina de bartlebys, el autor también hace referencia a artistas como Duchamp, “que dejó la pintura más de cincuenta años porque prefería jugar al ajedrez. ¿No es maravilloso?”, o a la influyente obra del director Antonioni, que filmó un bartlebyano eclipse en Florencia para su película del mismo nombre, “que hablaría de cuando los sentimientos de una pareja se detienen, se eclipsan (como, por ejemplo, se eclipsan los escritores que de pronto abandonan la literatura) y toda su antigua relación se vila-matasmodernodesvanece”.

Estamos ante un libro infinito que el autor detiene en Tolstói. Estamos ante una obra abierta, de la que siempre habrá algo que decir y que podría incorporar nuevos bartlebys reales, como el argentino Macedonio Fernández, que el escritor descartó y que reconoce le hubiera gustado incorporar, o de bartlebys ficticios, como Jep Gambardella, ese escritor de la película La gran belleza de Paolo Sorrentino, que había publicado, cuarenta años atrás, el libro de éxito La máquina humana y luego había pasado a engrosar la larga lista de los artistas del no. Cuando se le pregunta en la película si volverá a escribir, dice: “Mira esos rostros. Esta ciudad, esta gente. Esta es mi vida: la nada. Flaubert quería escribir un libro sobre la nada y no lo consiguió. ¿Crees que yo lo conseguiría?”. Otra excusa para guardar silencio. Otra excusa que no invita a la lógica.

Luis Reguero. Publicado en culturamas.es

Jorge Bustos: “El único cuervo que se cree cuervo es Montoro, por eso es tan fascinante”

La mascletá de las declaraciones de Montoro aún resuenan como una psicofonía. Restallan en el aire como un serrucho. Su río de pus baja por la pendiente inguinal del fin de semana y abre en canal el otoño. En su embate imparable las palabras van encendiendo las luces crispadas de los ministerios. El quinqué de las hemerotecas. La televisión de los kioskos. Todo tiembla a su paso como las uñas largas de un alcohólico.

La autopsia al corazón criogenizado de secretos del ministro Montoro la ha esculpido esta semana en mármol el periodista Jorge Bustos (Madrid, 1982), en una entrevista que hay que llevar doblada en los puños de las camisas o en los bolsillos de atrás del vaquero. Es una entrevista para imantarla a la nevera y repasarla antes del insomnio. Yo si pudiera la hubiera repartido ayer mismo en la cola del Primark o me iría esta tarde a enseñarla a la grada del Bernabéu.

El periodismo de Bustos raja como un chupito de tequila. Su lenguaje es certero. Tiene la precisión de un diamante tallado. De un cuchillazo en el abdomen. Limpia con sus columnas las córneas atrofiadas. Su estilo abate el conformismo, las certezas absolutas, lo gregario, la sociedad felizmente adocenada. Punza en la ortodoxia y traquetea la uniformidad, la postmodernidad, los populismos. El periodismo de Bustos te aclara el amanecer y despeja el área de balones, de dudas, de abstracciones existenciales.

A Bustos hay que leerlo siempre. En el centro de salud o en la puerta de la escuela. Hay que llevar su primer ensayo, La granja humana (Editorial Ariel), en la canasta de la bicicleta. En la guantera del coche o debajo del abrigo. En el bolsillo revuelto entre un par de frases de Pla. La granja humana es una brújula para no tener que ir andando a tientas por España, esa charca de la que hablaba Camba en 1921. Es un ensayo cósmico donde Bustos presenta todo su lúcido itinerario mental. La clarividencia de una musculatura verbal que desnuda a gigantes y a ministros. Una escritura que escarba en lo abisal y abre una cueva de luz en la turbiedad de los placeres y los días.

Su entrevista al ministro Cristóbal Montoro ha convulsionado la actualidad en España esta semana… ¿Qué supone para un periodista que su trabajo tenga esa repercusión y ese impresionante reconocimiento?

Fue el día más redondo que he tenido como periodista. En términos técnicos se llama “marcar agenda”, pero para mí fue una sensación muy parecida a estar todo el día borracho. Con la dificultad que aporta eso a la hora de agradecer los mensajes de los amigos y las envidias de los enemigos. Al día siguiente, se vuelve a trabajar muy tranquilo.

Julio Camba, en un artículo publicado en 1923, decía con ironía que la pereza era un vicio mucho más caro que los langostinos. ¿Seguimos derrochando demasiado en pereza?

No he conocido a columnistas diligentes, es verdad. Debe de ser algo connatural al oficio. El columnista se acostumbra al texto corto y a la caña larga.

El maestro Emilio Lledó afirma que la indecencia es la que lleva a un país a la miseria, a la auténtica ruina. ¿Adónde se fue nuestra decencia?

Admiro a Lledó por su conocimiento de Platón, pero no desde luego por su tardía conversión al pontificado de progreso, y mucho menos por el uso comercial de una palabra tan etérea como indecencia. El filósofo ha de ser preciso.

En el segundo capítulo dedicado a la corrupción podemos leer: “Nunca se vigiló como hoy la originalidad del pensamiento”. En Hambre de realidad (Círculo de Tiza), David Shields cita a Goethe señalando: “La gente siempre habla de originalidad pero ¿Qué quiere decir con ello?”. ¿Hay algo hoy verdaderamente original o solo nos dedicamos a repetir ideas?

Hoy, desde luego, con los omnímodos ojos de la corrección política patrullando Twitter, la originalidad consiste en volver al siglo XIX y XVIII. Incluso al XVII. Reivindicar a los clásicos y a la gran tradición del humanismo occidental es un acto de vanguardia delicioso.

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Bustos firmando La granja humana.

Savater, en Ética para Amador, señala que con los hombres nunca puede uno estar seguro del todo, mientras que con los animales o con otros seres naturales sí. Sin embargo, ¿hay muchos lobos con piel de cordero por ahí que no dan mucha seguridad?

Hay muchos lobos con cerebro de mosquito, más bien, que hacen que uno se suba a un Volkswagen con la misma vergüenza con que empuñaría una lanza en Tordesillas el día del toro de la Vega. La estupidez humana tiene una facultad preciosa: previsible en su constancia, imprevisible en sus efectos, no aburre jamás.

¿Y muchos cuervos que se creen águilas?

El único cuervo que se cree cuervo es Montoro. Por eso es tan fascinante.

En el pensamiento clásico había una cierta obsesión por el equilibrio. Las fábulas que introducen sus textos, ¿son en verdad una invitación a llevar una vida equilibrada desde la moderación y la prudencia?

Las fábulas clásicas suelen ser portadoras de la antiquísima ética de la resignación, sí. Que es muy anterior al cristianismo, por cierto. Nada en demasía es un frase de Solón de Atenas. La virtud es el justo medio, una máxima de Aristóteles. Las fábulas suelen ser dramatizaciones de estas tesis.

Asegura que la historia se repite, que lo único que evoluciona es la tecnología, que todo está ya dicho y que nada nuevo ocurre nunca bajo el sol. ¿En qué punto de la partida nos encontramos?

En uno que, consecuentemente con mi creencia en el ritmo repetitivo de la historia, volverá a reproducirse en unos instantes como farsa para los leídos y como novedad grandiosa para los analfabetos.

¿Un país que no se escandaliza, que no se echa todos los días las manos a la cabeza, es un país conformista que camina en mala dirección?

Este país se escandaliza demasiado: somos grandes rasgadores de vestiduras. Ese ruidito de desgarro ha llegado a causar cierto hartazgo: el escándalo perpetuo a que obligan las gallinas cluecas de la sociedad de la información no se puede mantener. Decae el interés. Se nos dan de sí los músculos de la indignación. Pero luego pasa algo realmente gordo y se monta un pollo bueno. Hay que racionar el cabreo porque si no lo vamos despilfarrando por cualquier minucia.

Escribía Leopoldo María Panero: “Me autodestruyo para saber que soy yo y no todos los demás”. El poeta reivindica aquí su individualidad, su negación a ser como el resto. ¿Hemos renunciado a ser quiénes podríamos llegar a ser por la simple comodidad de pertenencia a la masa?

Madurar es individualizarse. Ser libre es responsabilizarse de lo que hacemos o decimos. Ambas actitudes son más exigentes que el infantilismo perpetuo de los derechos sin deberes. Si uno se deja ir se pone fofo como la masa: ¡tensión, hay que estar siempre en tensión! Madrugar, comer poco, leer. Así se forja un carácter.

En este primer ensayo insiste en la necesidad de la formación individual y el autodidactismo como único camino de desarrollo del ciudadano para detectar y combatir con garantías la demagogia y el engaño de nuestra democracia televisiva. ¿Al poder no le interesa nada que el pueblo se culturice?

Eso es una chorrada que usa la izquierda apocalíptica, como si en ella abundaran los ilustrados. Hoy en día, a no ser que viva uno en Corea del Norte, el que quiere formarse y enterarse puede hacerlo. Pero claro, hay que estar dispuesto a chapar el Facebook de vez en cuando y a leer tochos de autores muertos, claro.

¿La epistocracia no parece una solución de garantías para mejorar nuestro sistema democrático, sobre todo por ser demasiado elitista?

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Portada de La granja humana publicado por la Editorial Ariel.

Es una tentación que nace cuando descubrimos que baja el nivel de la política para emparejarlo con el de las audiencias masivas de televisión, que es donde se libra hoy la batalla política. Pero quizá devaluar el voto de Leticia Sabater y encarecer el de Fernando Savater sería aún más peligroso.

Los datos educativos de fracaso escolar en España son desalentadores: un tercio de los alumnos de Primaria a Bachillerato repite curso y más de la mitad de sus profesores padece ansiedad o depresión. ¿Cómo cree que podemos invertir esta situación?

Ojalá veamos en la próxima legislatura, mande quien mande, el gran pacto por la educación que merecen nuestros hijos, antes de que queden definitivamente varados en la competencia global. Un pacto hacia el aumento de la exigencia en las aulas, claro, porque aprender exige sufrimiento. La otra opción es aprender jugando hasta los 25 y luego encadenar varios ciclos de bachillerato antiguo en forma de máster privado hasta que el niño cuarentón pueda salir al mercado laboral.

¿Al saltamontes catalán lo terminará engullendo el búho del Gobierno español?

Me temo que el búho no comparece y que el saltamontes ha mutado en Godzilla.

El 20 de diciembre habrá Elecciones Generales con un panorama político inusual en nuestro país. ¿Qué espera de estos comicios donde concurren nuevos elementos hasta ahora desconocidos en nuestra democracia?

Espero que nuestros representantes se comporten como señores adultos y pacten un programa de gobierno, no un reparto de puestos. O el fin del bipartidismo no habrá servido de nada.

¿Cuáles son las principales amenazas que se ciernen sobre el periodismo actual y que ponen en peligro su función de contrapoder?

El parné. Siempre fue el parné.

Estamos asistiendo a un claro cambio generacional en los columnistas de opinión. ¿Qué papel juega el columnismo en el nuevo orden mediático que estamos viviendo, donde conviven el papel y lo digital?

Está jugando uno preponderante, quizá porque Twitter y Facebook consumen mucho columnismo. Pero siempre fue así: los columnistas eran buscados en papel cuando Larra y hoy lo son en la web. Ahora, donde esté Montoro rajando, que se quite una columna.

¿Qué es lo que más le paraliza de lo que observa cuando ejerce desde el Congreso de los Diputados su labor de cronista político?

El sueño, básicamente. El sueño paraliza lo suyo. Pero la próxima legislatura será movidita, para fortuna de cronistas.

¿El fútbol es sólo una excusa para hablar de otra cosa?

El fútbol es fútbol. Y además lo que uno quiera. Eso es lo maravilloso.

¿Sin Mourinho no hay paraíso?

Mira, a mí Mourinho ya me aburre que me mata. Fue bonito mientras ganó.

 

Luis Reguero. Publicado en culturamas.es